Vitalino Valcárcel (1944-2022)

    Tras diez años de lucha contra una enfermedad implacable, Vitalino Valcárcel ha fallecido en León la tarde del 28 de abril, festividad de san Prudencio, patrón de Álava, la tierra en la que arraigó —al lado de su esposa, Conchita Bilbao— y en la que desarrolló la mayor parte de su vida académica. Fue catedrático de filología latina de la Universidad del País Vasco y miembro fundador de la SELat.

    Vitalino Valcárcel (Espinosa de la Ribera, 1944 – León, 2022) estudió filología clásica en las universidades de Oviedo y Salamanca donde, bajo la dirección de Carmen Codoñer, se doctoró con una tesis posteriormente publicada bajo el título de La «Vita Dominici Siliensis» de Grimaldo. Estudio, edición crítica y traducción (Logroño, IER-CSIC, 1982, pp. 648), un volumen de factura impecable que, cuarenta años después, sigue siendo referencia obligada en su campo. En el terreno de la investigación —en la propia concepción de los estudios de filología— Vitalino ha sido uno de los representantes más señalados de la fructífera escuela de filología latina medieval impulsada por Codoñer y Manuel Díaz y Díaz. Su producción científica, que ha visto la luz en editoriales y revistas de reconocido prestigio, se ha centrado principalmente en el estudio de la biografía —en particular de la hagiografía—, aunque ha tocado también otros muchos aspectos de la filología latina. El reconocimiento del que ha sido objeto se refleja, por ejemplo, en su pertenencia a los consejos editoriales de varias revistas (Analecta Bollandiana, Calamus renascens, Iacobus, Veleia) o en el homenaje que, promovido por sus colegas más cercanos, le tributaron especialistas de muy diversas procedencias (Estudios de filología e historia en honor del profesor Vitalino Valcárcel, Vitoria-Gasteiz, UPV/EHU, 2014, 2 vols., pp. xxvi-1.144).

    Una faceta muy característica de su personalidad fue su compromiso en la defensa de las lenguas clásicas: fue el primer secretario de la delegación vasca de la SEEC —bajo la presidencia de Koldo Mitxelena— y, allí donde pudo ejercer alguna influencia, luchó de manera incansable por la presencia del latín en los estudios de Humanidades.

    Sobrellevó la enfermedad con una entereza ejemplar y hasta el final de su vida mantuvo un entusiasmo juvenil por sus investigaciones, participando en congresos —en la medida en la que su estado se lo permitía— y publicando sus nuevas aportaciones. En sus últimos años nos ha dejado, entre otros muchos, un ejemplo de vita peracta vivere.

Iñigo Ruiz Arzalluz